Elías y los Bloques que Viajaban Solos
Elías construía bloques en su treehouse cada tarde. Los apilaba en torres altísimas, puentes locos y castillos imposibles. Un día, mientras organizaba sus bloques por colores, notó algo raro: faltaban tres bloques azules.
«¿Dónde están?» murmuró. Buscó bajo el piso de madera. Nada. Miró en la caja de herramientas. Nada. Luego escuchó un sonidito: clic-clic-clic.
Elías siguió el ruido hasta el rincón oscuro del árbol. Allí encontró a tres criaturas pequeñitas, del tamaño de su mano, con orejas puntiagudas y ojos brillantes. Los bloques azules estaban apilados alrededor de ellas.
«¡Ustedes!» exclamó Elías. Las criaturas saltaron asustadas.
La más pequeña temblaba. Elías se dio cuenta de que no estaban robando—estaban construyendo. Una casita minúscula, frágil, con paredes que no quedaban derechas.
«Ah», susurró Elías. «Entiendo.»
Pudo haber tomado los bloques y gritarles que se fueran. En cambio, se sentó en el piso y empezó a construir con ellas. Mostró cómo apilar los bloques para que quedaran firmes. Las criaturas miraban, aprendían, imitaban cada movimiento.
Juntos hicieron una casita perfecta. Las criaturas saltaban de alegría, haciendo sonidos como campanitas.
Desde ese día, Elías compartía sus bloques cada tarde. Las criaturas venían del bosque y construían con él. Y aunque al principio dudó si podría enseñarles, descubrió que sí podía. Que sus manos sabían mostrar el camino.
Ahora, mientras el sol baja entre las hojas del roble, Elías acomoda los últimos bloques con sus amigas. La casita brilla suavemente en la luz dorada. Las criaturas duermen dentro, acurrucadas.
Elías trepa por la escalera de cuerda hacia su cama de mantas. Cierra los ojos. En la rama de abajo, sus amigas respiran lentamente.
Elías trepa por la escalera de cuerda hacia su cama de mantas blandas. Se acurruca bajo la manta, sintiendo el calor del árbol alrededor suyo. Afuera, la luna brilla entre las hojas, y abajo, sus amigas respiran lentamente en su casita. Los párpados de Elías se cierran cada vez más pesados. «Buenas noches», susurra muy bajito, y el bosque duerme junto con él.