Daniel y los Bloques que Viajaban en el Tiempo
Daniel encontró algo extraño en la cocina de su abuela: una caja de bloques de madera que brillaban con colores imposibles. Rojo, azul, verde, pero también... dorado. Como si tuvieran luz propia.
«¿Abuela, de dónde vinieron estos bloques?» preguntó Daniel.
Su abuela sonrió con secreto. «Construcción mágica, mi amor. Cuando los apiles, te llevan a otros momentos.»
Daniel no sabía si creerle. Pero decidió intentar. Apilaba un bloque... luego otro... y de pronto, ¡zas! Se encontraba en un momento diferente. Vio dinosaurios construyendo sus nidos. Vio flores que crecían en segundos. Vio criaturas pequeñas y brillantes que lo miraban con curiosidad.
Una criatura diminuta, parecida a un conejo de luz azul, estaba sola en una esquina del tiempo. No construía. No jugaba. Solo esperaba.
«¿Qué te pasa?» preguntó Daniel.
La criatura hizo un sonido: «Piiiiip, piip.» Triste.
Daniel entendió sin palabras. Nadie la había visto. Nadie le había preguntado su nombre.
Daniel tomó sus bloques mágicos y comenzó a construir. Construyó una casita pequeña. La criatura lo observó. Luego, tímidamente, añadió un bloque. Luego otro. Juntos levantaron una torre que brillaba.
«Gracias, Daniel,» pareció decir la criatura, y su luz se hizo más fuerte.
Los bloques lo devolvieron a la cocina de su abuela. Pero algo había cambiado en el universo. Ese pequeño conejo azul ya no estaba solo. Daniel lo sabía. Y cada noche, en sus sueños, lo veía construir más casitas luminosas en el tiempo, con otros que había conocido.
Daniel se sentó en la cocina tibia. Su abuela le pasó leche con miel. Los bloques descansaban en la caja, esperando. Daniel los tocó suavemente y sonrió.
Mañana volvería. Siempre habría alguien que esperar. Siempre habría algo que construir juntos.
Daniel bostezó. Sus ojos se cerraban. La cocina de su abuela era cálida. Afuera, la noche era suave.