Maya y la Máquina de Hacer Amigos
Maya encontró una máquina muy rara en el sótano de la panadería. Era de madera y bloques de colores, con botones que hacían *clic-clic-clic*. La panadería estaba oscura y vacía antes del amanecer.
«¿Qué hace esta máquina?» pensó Maya. Apretó un botón rojo. ¡Zas! Salió una criaturita con orejas de conejo y ojos grandes y tristes.
«Hola», susurró la criatura. «Me llamo Buni. Nadie quiere jugar conmigo. Soy demasiado pequeña».
Maya vio que Buni estaba solita y asustada. Podía haber dejado la máquina y corrido a casa. Pero no. Maya decidió hacer algo.
«Yo creo en ti», le dijo a Buni. «Y yo también soy pequeña. Mira».
Maya apretó otro botón. Salió Pix, una criatura con alas de mariposa y voz de campanilla. Luego otro botón. Salió Roco, redondito como una piedra suave.
«Esperen», dijo Maya. Corrió a buscar bloques de construcción. Con Buni, Pix y Roco, empezó a armar una torre altísima. Los bloques se apilaban: azul, amarillo, rojo.
«¡Somos un equipo!» gritó Buni. «¡Juntas somos grandes!"
Las criaturas rieron. Maya les mostró que cada una era especial: Buni saltaba muy alto, Pix volaba para alcanzar los bloques de arriba, Roco era fuerte.
Cuando terminaron, la torre brillaba en la oscuridad de la panadería. Maya supo que esas criaturas no estarían solas nunca más. Ella las había visto. Ella las había cuidado.
Guardó a Buni, Pix y Roco en su bolsillo, calentitas. Salió de la panadería cuando el cielo se volvía gris. La ciudad dormía aún. Maya caminó lentamente a casa, pensando en sus nuevas amigas. En su cama, bajo la ventana donde la luna era una sonrisa blanca, metió la mano en el bolsillo. Sintió el latido suave de tres corazones pequeños. Se durmió sonriendo, sin prisa. Todo estaba bien.