Elías y la Máquina del Tiempo de Bloques
Elías encontró algo extraño en el sótano del roble: una caja de bloques que brillaba. Cuando los apilaba de cierta manera, ¡zasss!, la caja zumbaba y mostraba imágenes del futuro.
«Mira», susurró Elías. «Puedo ver mañana».
Vio que su hermana menor, Zoe, perdería su criatura favorita: una pequeña criatura azul y suave llamada Nubecilla. En la imagen, Zoe estaba triste, tan triste que no quería jugar.
Elías podría quedarse en el sótano, viendo futuros felices. Pero algo en su pecho le dijo que no. Zoe necesitaba ayuda ahora, no mañana.
«No voy a esperar», decidió.
Subió corriendo. «Zoe, ¿dónde está Nubecilla?» preguntó.
«Se perdió en el bosque esta mañana», sollozó Zoe. «Busqué y busqué, pero tengo miedo de que no regrese».
Elías respiró profundo. Él no era especialmente valiente. Pero creía en sí mismo ahora. «Vamos juntos», dijo.
Entraron al bosque. Elías escuchó atentamente. Ahí: un sonidito pequeño, como un suspiro. Encontraron a Nubecilla atrapada en una rama baja, asustada.
«Está bien, pequeñita», susurró Elías con ternura, y la levantó con cuidado.
Zoe lloró de alegría. «¡Lo hiciste! ¡Creíste que podías!»
«Creí en nosotras», dijo Elías.
Volvieron a casa. En el sótano, los bloques ya no brillaban. Pero Elías no los necesitaba. Había visto algo mejor que el futuro: su hermana feliz, su criatura segura.
Más tarde, Elías estaba acostado en su cama. La luna entraba por la ventana. Zoe dormía en la habitación de al lado, y Nubecilla dormía en su pecho, ronroneando suavemente.
Elías cerró los ojos. El sótano podía esperar. Esta noche, todo estaba exactamente donde debía estar.