Elías y el Dragón de Cristal del Futuro
En lo alto del roble antiguo, Elías había construido su casita de bloques magnéticos que brillaban con luz propia. Cada noche subía por la escalera de cuerda, dejando el mundo abajo, donde su hermana menor Lucía no podía seguirlo. Pero una madrugada, Lucía trepó hasta allí con lágrimas en las mejillas.
—Mi proyecto de la escuela desapareció —susurró—. Tengo que reconstruir la ciudad de bloques para mañana, y no puedo sola.
Elías sintió el peso de su responsabilidad. Bajó con ella a la sala, donde los bloques estaban esparcidos como ruinas. Trabajaron hasta que los dedos les dolieron, pero algo faltaba: la magia que hacía brillar cada construcción.
—Necesitamos el Cristal del Dragón —dijo Lucía con desesperación—. La leyenda dice que ilumina cualquier cosa que construyamos con el corazón.
Elías sabía que nadie lo había encontrado jamás. Pero miró a su hermana, miró los bloques incompletos, y algo dentro de él susurró: *Puedes intentarlo*.
Salieron al bosque nocturno. Los árboles parecían más altos en la oscuridad. Elías caminaba con miedo, pero cada vez que quería rendirse, sentía la mano pequeña de Lucía en la suya. Encontraron una cueva azul donde los cristales crecían como flores de hielo. En el centro brillaba uno, tan hermoso que Elías casi no se atrevía a tocarlo.
Regresaron antes del amanecer. Juntos, colocaron el cristal en el corazón de la ciudad de bloques. La luz exploró cada rincón.
Lucía sonrió, y Elías supo que había sido más valiente de lo que creía.
Ahora, en la casita del roble, ambos dormían bajo la luz suave del cristal. Las sombras danzaban en las paredes. Fuera, la noche era profunda y tranquila. Elías respiraba lentamente, y Lucía descansaba a su lado, segura. El cristal seguía brillando, tan quieto como las estrellas.